domingo, 30 de enero de 2011

EL RALLY


En 1974, llegó el día en que cumplí 14 años. A pesar de que mi cumpleaños sería en lunes, decidí que quería una fiesta el sábado anterior, el 26. Planeé cuidadosamente los detalles concernientes a la diversión pues la parte de alimentación correspondía a mi hermosísima Madre.

Habría que cuidar detalles desde la llegada de mis amigos y compañeros de la escuela, eran ambos los invitados más importantes: unos de aventuras y diversiones en libertad y los otros, colegas en encierro. La cuestión a resolver más importante era qué hacer para que pasaran un rato agradable y no se aburrieran, que exactamente el lunes cuando sería mi cumpleaños real no se hablara en los pasillos, recreo ni el salón que Luis aburrió mortalemente a todos.

Me devané los sesos analizando las posibilidades hasta que una luz ligera y tenue asomó en el cerebro. Las neuronas daban el resultado correcto al enigma y poco a poco tomó forma la idea central. Formaría parejas que en conjunto resolvieran los planteamientos que les llevaría a la siguiente prueba. Eso era, un rally a pie, con artículos escondidos alrededor de mi casa, en la calle, en los arbustos, entre las piedras y cruzando los terrenos baldíos. Así podría entregar en un sobre cerrado la siguiente pista a resolver mientras se empleaba una buena dosis de astucia, conocimientos y el correr apresurado para emplear el menor tiempo, pues un premio muy codiciado sería entregado a la pareja ganadora.

Faltaba solamente determinar esa zanahoria que llevaría a los invitados a transcurrir emocionados la prueba completa. Después de consultar con mi progenitora y recibir propuestas muy adultas, me concentró en aquello que podría llegar a ser apetecible por mis compañeros y coetáneos.

Pensé y pensé, analicé y volví a pensar. Era indispensable que surgieran propuestas válidas y factibles, pues el tiempo corría y aún no había creado algo sustancioso de pistas y enigmas para el rally. Pero un día inefable en que me ví arrastrado por mi hermosísima Madre al supermercado, encontré la solución: la convencí de adquirir dos ejemplares de "El Principito" que serían entregados a los ganadores. Así pude dedicarme a construir los enigmas asesorado por varios volúmenes de la inseparable enciclopedia "Salvat" y el ingenio necesario para ocultar en los sitios circundantes a la casa los objetos que cada equipo debía descubrir. Escribí los mensajes que encerré en sobres solicitados a mi Padre, el recio ingeniero Saint-Martin.

Y con todo lo necesario creado, colocado y escondido, llegó el día esperado. Las parejas fueron formadas, los primeros sobres cerrados y engomados, entregados. De dos en dos, salieron corriendo en todas direcciones hasta concluir el evento. ¿Quien ganó? Ya no lo recuerdao pero ni falta que hace, pues la respuesta sigue viva en mi mente.

TODOS. Todos se divirtieron horrores y durante la semana el tema central en la escuela fué lo bien que la pasaron durante el decimocuarto aniversario de Luis.

Bien hecho Luis, bien hecho.

viernes, 14 de enero de 2011

BIENVENIDA


Como administrador del blog, me dio mucho gusto recibir la solicitud de registro como escritores de Carmen Echeveste y Carlos Zenteno. Carlos se ligará en su momento pero Carmen lo hizo ipso-facto (voz latina que significa "en el acto"), lo que la convirtió en la tercera persona en subir un artículo en nuestro espacio común, pero la primera mujer en hacerlo.

Espero Carmen, tengas el ánimo de escribir constantemente y brindarnos la oportunidad de ver al CEL al través de tus vivencias y punto de vista.

Felicidades.

El sacrificio de los conejos

¿ Quién no recuerda las polvosas caminatas al rancho y los laboratorios que en el teníamos? Realmente era el mejor lugar para llevar a cabo prácticas de biología; si lo que se necesitaba eran huevos- de gallina- para analizar los embriones, corríamos a proveernos al gallinero, lo que representaba una inexplicable pérdida en la productividad del mismo para el pelirrojo Hno. Silvestre. Si lo que se requerían era estudiar la metamorfosis, teníamos el río lleno de ajolotes a la mano; con la diversión que implicaba la fabricación de redes y las remojadas obligadas. Había todo tipo de arácnidos, insectos, mariposas, helechos, hongos, musgos… en fin, un paraíso de especímenes y muestras.

En ese laboratorio inauguramos nosotros,“ El Biólogo”( Profesor Mario Rebolledo, que inició su docencia el CEL el mismo año en el que nosotros ingresamos a bachillerato y que después sería nuestro padrino de generación) y Don Angel lo que serían las prácticas que llevaríamos a cabo a través de el bachillerato.

Corría aquel año de 1973 ( éramos todos unos tiernos infantes) cuando “ El Biólogo “ nos pidió que lleváramos un conejo por equipo para la siguiente práctica, pues íbamos a estudiar todos los órganos internos del gazapo. ¡ Qué lejos estábamos todos de imaginar lo que el destino tenía preparado para los pobres animalitos! El fatídico día llegó y hasta el rancho viajaron en costales, brazos y mochilas 8 preciosos conejitos de diferentes colores y razas, tiernos, peludos y suaves. Lo que nos esperaba al entrar al laboratorio era terrorífico, bisturís, pinzas, algodón, cloroformo…

-Bueno, por equipos, pongan a su conejo en la mesa, viertan cloroformo en el algodón y procedan a abrir su abdomen y…

-¡Queee!! Resonó un grito general ¿Vamos a abrir a los conejos????

- ¿Y después los vamos a coser? Nooo?? ¿Se van a morir?? No!! Pobres conejitos!!

Todos estábamos consternados, muchos con lágrimas en los ojos. Laura Mérigo abrazaba a su peludo animalito y le cantaba canciones de cuna. Nadie lo podía creer pero no quedó mas remedio que seguir las instrucciones, había que abrirlos, seguir aplicándoles cloroformo para ver como latía su corazoncito, dibujar sus órganos, en fin, toda una cadena de horrores.

El grupo puso manos a la obra-la mayoría quería hacerse cargo del asunto del cloroformo, solo los más valientes fueron los que se atrevieron a actuar de cirujanos- cuando nos dimos cuenta de que nuestro equipo en vez de un conejito tenía dos. Fernando Abogado había llevado uno y Laura otro. El de Fernando, un precioso y esponjado conejito de orejas caídas que pronto habitaría en los campos del cielo, perdió el volado. El conejo indultado regresó rápidamente a la mochila- por aquello de las confusiones y los cambios de opinión- de la que asomaban discretamente sus orejitas. Fernando palideció y entregó valientemente a su animalito, negándose a participar en el sacrificio.

Procedimos según las instrucciones, dormimos al animalito, no recuerdo quién fue el valiente que se encargó de la disección. Laura, Amparo y yo poníamos el algodón con cloroformo en el hocico del animalito, Fernando observaba desde la orilla. Todo iba desarrollándose según lo previsto y de pronto… el conejo se empezó a mover por la mesa, abierto y con las tripas al aire!!

--Aayyy!!!

--Profesor!!! El conejo!!! Está vivo!! ¡Le duele!!

--¡ Pónganle más cloroformo! resonó la voz de Don Mario Rebolledo a través del laboratorio.

Rápidamente empapamos el algodón, estábamos listas para volver a dormir al despanzurrado conejito cuando fuimos interrumpidas por un estruendo metálico de bancos derrumbándose al lado nuestro al mismo tiempo que Fernando, afectado por el espectáculo de su conejito o por el cloroformo, o por ambos, desaparecía súbitamente de nuestra vista.

-¡ Se desmayó!- gritó alguien

-¿Su conejo?- preguntó el típico despistado

-No! Fue Abogado!! Profe!!

Rápida y eficientemente llegaron al lugar el profesor y Don Ángel, con su respectivo algodón esta vez empapado de alcohol.

-¿ Le pusieron cloroformo? –preguntaron

-¿ Al conejo o a Fernando?

-¡Por supuesto que al conejo!! ¿Qué hacen todos aquí amontonados? Regresen a trabajar!!

A esas alturas nadie se acordaba ya de sus conejos, por lo que algunos de lo pobres bichos empezaron a retorcerse en sus lugares. Finalmente Fernando se reincorporó, con su algodoncito de alcohol en la frente, pálido pero repuesto. Todos regresamos a nuestro lugar y se procedió a dar una dosis letal de cloroformo a las víctimas; a nadie le importaba ya si el corazoncito latía o no. La caminata de regreso calmó nuestros ánimos y, desde entonces, solo estudiamos a las ranas.

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miércoles, 5 de enero de 2011

MARATÓN A TODA VELOCIDAD


Lucas siendo niño experimentó el primer cambio radical en su vida ya que su padre terminó de construir su casa en las afueras de la ciudad de México, en la zona norte. De vivir en la confluencia de dos arterias vitales y cargadas de tráfico y ruido, ahora pasa las noches en un silencio campirano y desconocido.

Igualmente, el ambiente escolar fué modificado radicalmente, ya que antes acudía a una escuela de asfalto y paredes, llegando ahora a un espacio abierto en el campo, a la mitad de sembradíos y animales de granja. Justo el espacio que un organismo nuevo y con altísimo contenido energético, necesitaba.

Y en ese ambiente durante la primera semana de clases, llevaron a todo su grupo escolar a la clase de educación física, el maestro, un chaparrito botijón y mofletudo, con gorra y silbato en la boca, organiza una carrera de maratón para individuos de 8 años. Señala a lo lejos, atravesando un campo arado y listo para recibir la siembre, una torre de alta tensión. "Esa es la meta, deben llegar, tocarla y regresar conmigo. El ganador recibirá un premio".

Y debido que a Lucas siempre le ha gustado correr y correr, decidió en ese momento que sería el ganador. Al pitazo del atlético panzón, todos los chavitos corrieron según su propio entender, ya que el oblongo preparador físico no les explicó ninguna estrategia de carrera. Lucas decidió una manera muy simple de correr: fijó en su vista la torre de alta tensión, midió la distancia y echó a correr como cuando su hermosísima madre lo persigue por travieso.

Sin volver la vista atrás, corrió y corrió, brincando surcos, evitando terrones, alzando los pies para no tropezar por lo irregular del terreno, toca la torre. Inicia la vuelta con la misma estrategia pero apretando el paso.

Al llegar al sitio donde esperaba el chaparrito ombligudo, lo encontró dormitando por lo que llegó con poco resuello, gritando y empujándolo, lo que provocó un salto francamente imposible para tan pesado individuo. "Ya, gané, gané". el sorprendido maestro, agitando su voluminosa cintura, trató de enfocar al resto de la clase, encontrándola algunos de regreso, otros por tocar la torre.

Enojado, sin saber si fué por el susto o por verse descubierto dormitando, dictamina que Lucas hizo trampa, nadie podría correr tan rápido hasta la torre y regresar mientras el resto no había concluído la prueba. Lucas es descalificado por la gracia del poder superior, sin derecho a juicio justo, sin apelación ni réplica.

Ese día, nació y murió un maratonista mexicano al mismo tiempo. Nunca fué recuperado.

Nota: Recuerden que Lucas es el personaje que creé para relatar mis andanzas por la vida.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

La Pesadilla del Teólogo... (realmente es La Pesadilla del Cura)

Este cuento es de Bertrand Russell.. pero siempre me gusta distribuirlo por estas fechas... asi que mis queridos Celenitas... ojala lo disfruten.... un abrazo a todos


Bertrand Russell



El eminente teólogo doctor Thaddeus soñó que estaba muerto y se dirigía al cielo. Sus estudios le habían preparado y no tuvo ninguna dificultad para encontrar el camino. Llamó a la puerta del cielo y se encontró con un escrutinio más meticuloso de lo que esperaba.
-Solicito la admisión -explicó- porque he sido un hombre de biien y he dedicado mi vida a la gloria de Dios.
-¿Hombre? -dijo el portero-. ¿Qué es eso? Y ¿cómo es posible que una criatura tan ridícula como tú haga algo para promover la gloria de nadie?

El doctor Thaddeus se quedó perplejo.

-No es posible que desconozcas al hombre. Debes saber que el hombre es la obra suprema del Creador.
-Lamento herir tus sentimientos -dijo el portero-, pero lo que dices es nuevo para mí. Dudo que nadie de los que estamos aquí haya oído jamás hablar de esa cosa que llamas "hombre". Sin embargo, puesto que pareces afligido, tendrás la oportunidad de consultar a nuestro bibliotecario.

El bibliotecario, un ser globular con mil ojos y una boca, bajó algunos de sus ojos hacia el doctor Thaddeus.

-¿Qué es eso? -le preguntó al portero.
-Eso dice ser miembro de una especie llamada "hombre" que vive en un lugar de nombre "Tierra". Tiene la curiosa idea de que alguien se interesa especialmente por ese lugar y esta especie. Pensé que quizá podrías ilustrarle.
-Bueno -dijo amablemente el bibliotecario al teólogo-, tal vez puedas decirme dónde está ese sitio que llamas "Tierra".
-Forma parte del Sistema Solar.
-¿Y qué es el Sistema Solar? -preguntó el bibliotecario.
-Pues.. -replicó el teólogo- mi campo era el conocimiento sagrado y lo que preguntas pertenece al conocimiento profano. No obstante, he aprendido lo suficiente de mis amigos astrónomos para poder decirte que el sistema solar forma parte de la Vía Láctea.
-¿Y qué es la Vía Láctea? -preguntó el bibliotecario.
-Es una de las galaxias, de las que, según me han dicho, existen unos cien millones.
-Bueno, bueno -dijo el bibliotecario-. No esperarás que recuerde una entre un número tan elevado. Pero sí recuerdo haber oído antes la palabra "galaxia". De hecho, creo que uno de nuestros bibliotecarios auxiliares está especializado en galaxias. Llamémosle y veamos si puede ayudarnos.

Poco después se presentó el bibliotecario auxiliar galáctico, que tenía la forma de un dodecaedro. Era evidente que en otro tiempo su superficie había sido brillante, pero el polvo de los estantes le había vuelto mortecino y opaco. El bibliotecario le dijo que el doctor Thaddeus, al esforzarse por explicar su origen, había mencionado las galaxias, y confiaban en que sería posible obtener información al respecto en la sección galáctica de la biblioteca.

-Bueno, -dijo el bibliotecario auxiliar-, supongo que sería posible con el tiempo, pero como hay cien millones galaxias y a cada una le corresponde un volumen determinado. ¿Cuál desea esta extraña molécula?
-Es la galaxia llamada Vía Láctea -dijo titubeante el doctor Thaddeus.
-De acuerdo -concluyó el bibliotecario auxiliar-. Lo encontraré, si es que puedo.

Unas tres semanas después regresó y dijo que el fichero extraordinariamente eficaz de la sección galáctica le había permitido localizar la galaxia como la número QX 321.762.

-Hemos empleado a los cinco mil funcionarios de la sección galáctica en esta investigación. ¿Desea ver al funcionario encargado especialmente de la galaxia en cuestión?

Llamaron al funcionario, que resultó ser un octaedro con un ojo en cada superficie y una boca en una de ellas. Estaba sorprendido y deslumbrado al verse en una región tan brillante, lejos del umbrío limbo de sus estanterías. Se sobrepuso y preguntó con timidez:

-¿Qué desean saber acerca de una galaxia?

El doctor Thaddeus se lo explicó:

-Quiero informarme sobre el Sistema Solar, una serie de cuerpos celestes que giran alrededor de una de las estrellas de su galaxia. La estrella en cuestión se llama "Sol".
-Hum -dijo el bibliotecario de la Vía Láctea-. Ha sido bastante difícil encontrar la galaxia precisa, pero encontrar la estrella precisa en la galaxia es mucho más difícil. Sé que hay unos trescientos mil millones de estrellas en la galaxia, pero mis conocimientos no me permiten distinguir una de otra. Creo, sin embargo, que cierta vez la administración pidió la lista completa de los trescientos mil millones de estrellas y sigue guardada en el sótano. Si cree que merece la pena, emplearé a un grupo especial del Otro Lugar para que busquen esa estrella en particular.

Convinieron que, como la cuestión se había planteado y era evidente que el doctor Thaddeus estaba angustiado, siendo en principio interesante que un ser tan rudimentario se presentase de improviso, sería lo mejor que podían hacer.

Varios años después, un tetraedro muy cansado y desalentado se presentó ante el bibliotecario auxiliar galáctico y le dijo:

-Por fin he localizado esa estrella particular sobre la que se han pedido informes, pero no entiendo por qué ha despertado el menor interés. Tiene un gran parecido con muchas otras estrellas de la misma galaxia. Es de tamaño y temperatura medios y está rodeada por otros cuerpos mucho más pequeños llamados "planetas". Tras una minuciosa y microscópica investigación, he descubierto que por lo menos algunos de esos planetas tienen parásitos, y creo que esta cosa que ha solicitado los informes debe de ser uno de ellos.

Al llegar a este punto, el doctor Thaddeus rompió en un apasionado e indignado llanto:

-¿Por qué, decidme, por qué el Creador nos ocultó a los pobres habitantes de la Tierra que no fuimos nosotros quienes le incitaron a crear los Cielos? Durante mi larga vida le he servido con diligencia, creyendo que se fijaría en mis servicios y me recompensaría con dicha eterna. Y ahora parece que ni siquiera tenía conocimiento de mi existencia. Me decís que soy un animalículo infinitesimal en un pequeño cuerpo que gira alrededor de un miembro insignificante de un grupo formado por trescientos mil millones de estrellas, que sólo es uno entre muchos millones de tales grupos. ¡No puedo soportarlo, y ya no me es posible adorar a mi Creador!
-Muy bien -dijo el portero-. Porque no hay ningún Creador que adorar, ya que la ilimitada cavidad del Universo es eterna, nada la creó, y todo lo que ves no ha surgido más que de la combinación aleatoria entre los elementos primordiales. Aunque tú, triste homúnculo, en el Gran Libro de la Naturaleza, debes de ser una insignificante errata, con la que no deberíamos haber perdido ni un ápice de nuestra enorme duración temporal.

En aquel momento se despertó el teólogo.

-El poder de Satán sobre nuestra imaginación, durante el sueño, es aterrador -musitó.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Rola dedicada a todos los Guys del Cel

El primer día

Los recuerdos de ese primer día de clases hoy son tan distantes y nublados como ciertos días otoñales cuando la neblina desaparecía los edificios del Colegio Tepeyac y los camiones reducían su velocidad a "tranco de mula".

Las razones por las cuáles mi padre decidió inscribirme en aquella escuela "rural y bucólica" fueron dos, ambas con un peso similar, los "Frailes del Tepeyac" eran un equipo de futbol americano muy renombrado en no sé que liga y enseñaban inglés desde el primer día de clases. Ninguna razón es tan importante para meter a un hijo a una institución académica que pensar que este la hará en la vida por aprender a hablar inglés a temprana edad y/o que podrá destacar en un deporte como el futbol americano, aunque se viva en México, El Salvador u Honduras.

En esa época vivíamos en la ahora muy cosmopolita Colonia Condesa pero pesaba sobre el ego de mis padres vivir en una casa "rentada". Comprar una casa en dicha colonia o en Anzures y ya ni hablar de las Lomas de Chapultepec implicaba que mi padre debería vender su alma al diablo, a mis hermanas a un potentado árabe y a mi mamá a alguno de sus compadres. Hoy veo con cierta tristeza que cualquiera de esas opciones hubieran sido mejores y digo con tristeza pues en vez de aquellas colonias de tanta alcurnia decidió hacerse de una casa en la Magisterial Vistabella, una colonia pegada a Satélite pero que por pertenecer al municipio de Tlalnepantla en vez de al de Naucalpan los predios eran mas económicos, esto implica que el día de hoy mi futura herencia sea menor que mis ahorros del Afore, aparte de que al no haber vendido a mis hermanas la casa se dividirá entre cinco cuando llegue el momento.

Con los grandes motivantes de que aprendiera a hablar ingles y/o jugara futbol americano en "Los Frailes del Tepeyac" (que por cierto jamás se concretó el equipo en la sucursal Lago de Guadalupe del mentado colegio), la distancia de la Colonia Condesa al municipio de TULTITLÁN era un punto tan irrelevante como mi opinión sobre cualquier respecto.

Hoy haciendo un ejercicio de memoria (que ya me está dejando exhausto) me doy cuenta que los recuerdos de mi primer día de clases son tan pocos como los conocimientos retenidos sobre biología, geografía y química en secundaria.

Partimos de la Ciudad de México al terreno donde se empezaba a construir la que luego sería la casa en la que habité hasta ya grandecito, a una hora indecible, no recuerdo quien me levantó, me baño y me dio de desayunar pero cuando desperté me encontraba en la esquina de Miguel Bernard y Lauro Aguirre en un atuendo similar al de los esquimales esperando junto con mi padre y el velador de la obra (de la casa en construcción)al camión escolar, si algún consuelo le queda a mi padre es que no lloré en mi primer día de escuela, es claro que nadie llora cuando está dormido.

Guido Ebergenyi es el primer ser humano con el que recuerdo haber tenido comunicación ese día, me enteré que su padre trabajaba para CFE y yo le dije que el mío trabajaba para PEMEX, de cualquier forma nos quedamos igual, sin duda el sabía que CFE, era la Comisión Federal de Electricidad y yo que PEMEX era Petróleos Mexicanos, aunque tengo la certeza de que fuera de saber el significado de los acrónimos ninguno sabíamos que chingaos erán esas "cosas".

En el transcurso del día conocí a otros de mis "compañeritos" quienes ahora forman parte importante de mis recuerdos académicos, Alex Ramos, Marco Morfín, Totis a(Roberto Peralta), Axel Méndez, Camilo Sansores, Alicia, Ernesto Beltrán, Enrique Cornejo, Carlos Zenteno, Luis Enrique Arjona... pero el día no podía acabar bien... la desmañanada hizo estragos.

A algo he de atribuirle el haberme subido al camión equivocado, sin duda fue la desmañanada y el color similar de ambas "unidades", el caso es que ya arriba del que yo creía era el mismo transporte que me había llevado de la casa en construcción al colegio, la partida de este no se dio con la premura pertinente. No recuerdo cuanto tiempo pasó hasta que alguien me dijo "este no es tu camión" (lo cual tenía claro), y me sacó del asiento donde me encontraba ante las "cuchufletas" de todos los malhoras mayores para llevarme a "mi camión" donde fui recibido de la misma forma que como fui despedido del anterior.

El regreso fue tan álgido como subirse a las "tazas" en las ferias de pueblo, llegué a la primer escala (la casa en construcción) de color "mecate" y con un malestar que no volví a sentir hasta muchos años después cuando conocí el alcohol. Mi padre y el "velador" me esperaban a mi llegada... a la pregunta de "Mi hijo, como te fue en tu primer día de clases?" respondí sin palabras pero con un acto fisiológico que dejo clara mi respuesta.