
Habría que cuidar detalles desde la llegada de mis amigos y compañeros de la escuela, eran ambos los invitados más importantes: unos de aventuras y diversiones en libertad y los otros, colegas en encierro. La cuestión a resolver más importante era qué hacer para que pasaran un rato agradable y no se aburrieran, que exactamente el lunes cuando sería mi cumpleaños real no se hablara en los pasillos, recreo ni el salón que Luis aburrió mortalemente a todos.
Me devané los sesos analizando las posibilidades hasta que una luz ligera y tenue asomó en el cerebro. Las neuronas daban el resultado correcto al enigma y poco a poco tomó forma la idea central. Formaría parejas que en conjunto resolvieran los planteamientos que les llevaría a la siguiente prueba. Eso era, un rally a pie, con artículos escondidos alrededor de mi casa, en la calle, en los arbustos, entre las piedras y cruzando los terrenos baldíos. Así podría entregar en un sobre cerrado la siguiente pista a resolver mientras se empleaba una buena dosis de astucia, conocimientos y el correr apresurado para emplear el menor tiempo, pues un premio muy codiciado sería entregado a la pareja ganadora.
Faltaba solamente determinar esa zanahoria que llevaría a los invitados a transcurrir emocionados la prueba completa. Después de consultar con mi progenitora y recibir propuestas muy adultas, me concentró en aquello que podría llegar a ser apetecible por mis compañeros y coetáneos.
Pensé y pensé, analicé y volví a pensar. Era indispensable que surgieran propuestas válidas y factibles, pues el tiempo corría y aún no había creado algo sustancioso de pistas y enigmas para el rally. Pero un día inefable en que me ví arrastrado por mi hermosísima Madre al supermercado, encontré la solución: la convencí de adquirir dos ejemplares de "El Principito" que serían entregados a los ganadores. Así pude dedicarme a construir los enigmas asesorado por varios volúmenes de la inseparable enciclopedia "Salvat" y el ingenio necesario para ocultar en los sitios circundantes a la casa los objetos que cada equipo debía descubrir. Escribí los mensajes que encerré en sobres solicitados a mi Padre, el recio ingeniero Saint-Martin.
Y con todo lo necesario creado, colocado y escondido, llegó el día esperado. Las parejas fueron formadas, los primeros sobres cerrados y engomados, entregados. De dos en dos, salieron corriendo en todas direcciones hasta concluir el evento. ¿Quien ganó? Ya no lo recuerdao pero ni falta que hace, pues la respuesta sigue viva en mi mente.
TODOS. Todos se divirtieron horrores y durante la semana el tema central en la escuela fué lo bien que la pasaron durante el decimocuarto aniversario de Luis.
Bien hecho Luis, bien hecho.
