¿ Quién no recuerda las polvosas caminatas al rancho y los laboratorios que en el teníamos? Realmente era el mejor lugar para llevar a cabo prácticas de biología; si lo que se necesitaba eran huevos- de gallina- para analizar los embriones, corríamos a proveernos al gallinero, lo que representaba una inexplicable pérdida en la productividad del mismo para el pelirrojo Hno. Silvestre. Si lo que se requerían era estudiar la metamorfosis, teníamos el río lleno de ajolotes a la mano; con la diversión que implicaba la fabricación de redes y las remojadas obligadas. Había todo tipo de arácnidos, insectos, mariposas, helechos, hongos, musgos… en fin, un paraíso de especímenes y muestras.
En ese laboratorio inauguramos nosotros,“ El Biólogo”( Profesor Mario Rebolledo, que inició su docencia el CEL el mismo año en el que nosotros ingresamos a bachillerato y que después sería nuestro padrino de generación) y Don Angel lo que serían las prácticas que llevaríamos a cabo a través de el bachillerato.
Corría aquel año de 1973 ( éramos todos unos tiernos infantes) cuando “ El Biólogo “ nos pidió que lleváramos un conejo por equipo para la siguiente práctica, pues íbamos a estudiar todos los órganos internos del gazapo. ¡ Qué lejos estábamos todos de imaginar lo que el destino tenía preparado para los pobres animalitos! El fatídico día llegó y hasta el rancho viajaron en costales, brazos y mochilas 8 preciosos conejitos de diferentes colores y razas, tiernos, peludos y suaves. Lo que nos esperaba al entrar al laboratorio era terrorífico, bisturís, pinzas, algodón, cloroformo…
-Bueno, por equipos, pongan a su conejo en la mesa, viertan cloroformo en el algodón y procedan a abrir su abdomen y…
-¡Queee!! Resonó un grito general ¿Vamos a abrir a los conejos????
- ¿Y después los vamos a coser? Nooo?? ¿Se van a morir?? No!! Pobres conejitos!!
Todos estábamos consternados, muchos con lágrimas en los ojos. Laura Mérigo abrazaba a su peludo animalito y le cantaba canciones de cuna. Nadie lo podía creer pero no quedó mas remedio que seguir las instrucciones, había que abrirlos, seguir aplicándoles cloroformo para ver como latía su corazoncito, dibujar sus órganos, en fin, toda una cadena de horrores.
El grupo puso manos a la obra-la mayoría quería hacerse cargo del asunto del cloroformo, solo los más valientes fueron los que se atrevieron a actuar de cirujanos- cuando nos dimos cuenta de que nuestro equipo en vez de un conejito tenía dos. Fernando Abogado había llevado uno y Laura otro. El de Fernando, un precioso y esponjado conejito de orejas caídas que pronto habitaría en los campos del cielo, perdió el volado. El conejo indultado regresó rápidamente a la mochila- por aquello de las confusiones y los cambios de opinión- de la que asomaban discretamente sus orejitas. Fernando palideció y entregó valientemente a su animalito, negándose a participar en el sacrificio.
Procedimos según las instrucciones, dormimos al animalito, no recuerdo quién fue el valiente que se encargó de la disección. Laura, Amparo y yo poníamos el algodón con cloroformo en el hocico del animalito, Fernando observaba desde la orilla. Todo iba desarrollándose según lo previsto y de pronto… el conejo se empezó a mover por la mesa, abierto y con las tripas al aire!!
--Aayyy!!!
--Profesor!!! El conejo!!! Está vivo!! ¡Le duele!!
--¡ Pónganle más cloroformo! resonó la voz de Don Mario Rebolledo a través del laboratorio.
Rápidamente empapamos el algodón, estábamos listas para volver a dormir al despanzurrado conejito cuando fuimos interrumpidas por un estruendo metálico de bancos derrumbándose al lado nuestro al mismo tiempo que Fernando, afectado por el espectáculo de su conejito o por el cloroformo, o por ambos, desaparecía súbitamente de nuestra vista.
-¡ Se desmayó!- gritó alguien
-¿Su conejo?- preguntó el típico despistado
-No! Fue Abogado!! Profe!!
Rápida y eficientemente llegaron al lugar el profesor y Don Ángel, con su respectivo algodón esta vez empapado de alcohol.
-¿ Le pusieron cloroformo? –preguntaron
-¿ Al conejo o a Fernando?
-¡Por supuesto que al conejo!! ¿Qué hacen todos aquí amontonados? Regresen a trabajar!!
A esas alturas nadie se acordaba ya de sus conejos, por lo que algunos de lo pobres bichos empezaron a retorcerse en sus lugares. Finalmente Fernando se reincorporó, con su algodoncito de alcohol en la frente, pálido pero repuesto. Todos regresamos a nuestro lugar y se procedió a dar una dosis letal de cloroformo a las víctimas; a nadie le importaba ya si el corazoncito latía o no. La caminata de regreso calmó nuestros ánimos y, desde entonces, solo estudiamos a las ranas.
-